Diversidad en acción - El caso un colegio
“ Existe una gran diferencia entre la tolerancia y la aceptación. Aquí vamos más allá de la aceptación, la celebramos”
Con 380 alumnos de más de 30 países distintos, muchos sin dominio alguno del inglés, no sería extraño encontrar al International Community School de Atlanta en el vagón de cola del mundo de la educación. La realidad es distinta: las notas de sus alumnos mejoran cada año y el colegio recibe premios por sus logros. Dan Weeks nos explica el secreto.
Un nuevo día empieza en el International Community School (ICS). Comienzan a llegar los autobuses y a formarse las primeras aglomeraciones. Un chico de unos ocho años se acerca corriendo al director del colegio.
“Señor Moon”, le dice apresurado, “necesito un colador”.
Bill Moon, un estadounidense de origen europeo que ronda los sesenta, luce grandes gafas y un sombrero étnico que se cambia cada día (hoy lo vemos con una gorra de marinero griego). Abriéndose paso entre una nube de niños (muchos acabados de llegar de 30 países diferentes), parece el patriarca de la comunidad más variopinta del planeta.
“¿Necesitas un rotulador, Desmond?”, le responde agachándose. Los acentos son tan variados que no es mala idea comprobar la intención que hay detrás de cada frase.
“Un colador”, repite Desmond Laing, un joven estudiante afroamericano. “Quiero crear algo. Porque si construyo algo, el ICS podría conseguir 2.000 al día”.
Bill asiente con la cabeza. “Lo que tú quieres es recaudar dinero, ¿no?”
“Sí”.
“Muchas gracias, Desmond”, le responde con franqueza. “Miraré si encuentro uno”.
“Y una radio y tubos y una toma de agua y una pantalla grande y un pulverizador”, añade Desmond echándose a correr.
“Desmond es muy creativo”, explica Bill. “Siempre está inventando algo”.
Lo mismo podría decirse del colegio.
Cada día, en unos edificios situados junto a la iglesia de St Michael en Decatur, una localidad de las afueras de Atlanta (Georgia), el colegio crea algo que nunca antes había existido: una comunidad educativa formada por estudiantes y profesionales tan diversa como la lista de materiales de Desmond.
Aproximadamente la mitad de los alumnos de entre 6 y 11 años son afroamericanos o estadounidenses de origen europeo de la zona que viven en las cercanías del colegio. La otra mitad está formada casi íntegramente por refugiados. Muchos de ellos llevan años huyendo de la violencia, el hambre o de otras situaciones terribles. Algunos sufren estrés postraumático grave, problemas de salud, no saben hablar inglés o son analfabetos en su lengua materna. Para muchos, es su primera escuela.
Sería más que comprensible encontrarnos con una situación caótica o con la desesperanza propia de un campo de refugiados. Y lo cierto es que las instalaciones parecen no desmentir esta descripción.
En el campus de Decatur, uno de los dos de la zona, una valla metálica marca los límites de un patio carcomido por la suciedad de tierra. Dentro, incluso la oficina del director está amueblada con muebles donados, como atestigua la amalgama de sillas diferentes; los pupitres están viejos y desgastados. El dinero, el material y el espacio sufren un déficit crónico.
Pero la magia llega en cuanto empieza el día en el colegio. Gran parte de los asistentes de clase y de los profesores tienen a sus hijos entre el alumnado y amplían la definición de familia para incluir a los 380 estudiantes del colegio. “Soy tu madre cuando tu madre no está aquí”, asegura con satisfacción April Russ, una profesora asistente afroamericana. Otros asistentes son voluntarios aportados por diferentes servicios sociales locales e internacionales y por organizaciones religiosas (aunque el colegio defiende por encima de todo su carácter ecuménico).
El patio se llena de vida al ritmo de un partido de fútbol y otro de voleibol que se mezclan en este reducido espacio. Soung Oo Hlaing, un estudiante de Birmania con enanismo, salta en el aire y remata una pelota por encima de la red, una jugada celebrada al unísono por sus compañeros. Y mientras tanto, la pelota de fútbol pasa por entre los bancos, sorteando obstáculos. “En África, tenemos que fabricarnos las pelotas de fútbol”, afirma Marbati Joel, un estudiante de Eritrea, “pero jugamos igualmente”.
Estas ganas de hacer cosas lo impregnan todo en el ICS. “Somos unos supervivientes”, nos cuenta Sanela Misimovic, una madre y asistente de clase que se fue de Bosnia hace 11 años con su familia antes de fijar su residencia aquí. “Encontraremos la forma de hacerlo, aunque no tengamos oficinas bonitas ni suficientes computadores. Encontraremos la forma”.
Y la realidad es que la han encontrado: el colegio es uno de los únicos dos para niños desfavorecidos al que el Estado de Georgia ha galardonado con un National Distinguished Title One School, una distinción que solo han merecido 41 escuelas de todo el país. El ICS ha cumplido los objetivos anuales fijados por la ley estadounidense de mejora de la educación (No Child Left Behind Act) durante los últimos cuatro años. En este sentido, se valoraron especialmente sus esfuerzos para reducir la brecha entre los estudiantes que obtienen las notas más altas y las más bajas, sin bajar el listón de los que consiguen los mejores resultados, a lo que cabe añadir que las notas medias de los estudiantes del ICS en las pruebas estatales igualan o superan la media del distrito y del estado. Y no solo eso: el colegio ha incorporado un nuevo nivel cada año desde su fundación y ha aparecido en la portada del The New York Times como modelo educativo para los niños refugiados.
¿Cómo consigue el ICS estos resultados pese a su situación? No hay ninguna fórmula mágica. “No conocemos ningún otro colegio que funcione como nosotros”, asegura Bill para luego señalar que, si bien la mayoría de colegios internacionales comparten rasgos como la diversidad de idiomas y de culturas, pocos cuentan con tanta diversidad socioeconómica y muchos son privados.
El ICS es, además, un colegio público experimental, es decir, pueden acudir todos los niños del condado de DeKalb (Georgia) gratuitamente. Esto es especialmente atractivo para los numerosos refugiados que residen en la zona de Atlanta, que buscan un sitio donde sus hijos reciban más atención y ayuda con el idioma y la adaptación cultural. Y no solo eso, el ICS les da esta oportunidad sin etiquetarlos de “diferentes” ni tampoco asimilarlos en la cultura estadounidense sin dejar rastro de sus singularidades.
La idea nació hace 10 años, momento en que las agencias de ayuda del país decidieron que Decatur era el lugar ideal para los refugiados debido a los bajos precios de la vivienda y la gran demanda de trabajo de Atlanta. Y tras esa decisión llegaron miles de personas. Tres voluntarios que habían participado en proyectos de ayuda a la comunidad de refugiados de Atlanta (Bill Moon, la hermana Patty Caraher, monja, profesora y reconocida activista por los derechos civiles, y Barbara Thompson, escritora), llegaron a la conclusión de que los niños refugiados necesitaban más apoyo del que podían ofrecerles los colegios públicos.
Tenían en mente una escuela diseñada a semejanza del concepto de “beloved community” de Martin Luther King Jr de una comunidad que trascendiera, según sus palabras, “nuestra raza, nuestra tribu, nuestra clase, nuestra nación” y en la idea de “escuela común” del abanderado de la reforma educativa estadounidense, Horace Mann. En 2002, con capital aportado por varias organizaciones sin ánimo de lucro y la ayuda de muchos voluntarios, el ICIS se establece como colegio público experimental. El colegio ofrece el Programa de la Escuela Primaria del IB como muestra de su compromiso con la educación internacional.
Los estudiantes de origen estadounidense suelen proceder de familias progresistas (algunas acomodadas, pero la mayoría no) que creen en un enfoque multicultural y una atención personalizada. Descubren que aquí sus hijos aprenden igual que en un colegio más “normal” (dado que reciben la misma atención que los refugiados), con la ventaja añadida de que aprenden de primera mano sobre otras lenguas y culturas.
Si un niño se siente querido de verdad y ve que se valora su cultura, tendrá más confianza en sí mismo y avanzará más
Esta enorme mezcla de gente hace que aquí cada persona pertenezca a una minoría, con lo que nadie se siente fuera de sitio. “Juntos en la diferencia”, es una frase que repiten a menudo los profesores. El colegio se parece más a una tribu que a una institución: la gente que acude de visita se da cuenta enseguida de que los miembros del colegio se preocupan los unos por los otros y de que se ayudan mutuamente a mejorar.
Los recién llegados son recibidos como un miembro más de la familia, un sentimiento que consigue derribar todas las barreras tradicionales: el idioma, la raza, la cultura o sencillamente los malentendidos.
El festival más importante del colegio, entre muchos otros, es el “Día de las Naciones Unidas”, una celebración de las decenas de culturas que integran el colegio. Nazdar Amedi, una profesora asistente de Kurdistán cuyo hijo estudia en el colegio, dice sobre el festival: “Es un día muy emotivo, porque izamos nuestra bandera y reivindicamos nuestro país”. Después se detiene. “Nunca hemos podido izar nuestra bandera, ni tan siquiera en nuestro país. Es conmovedor que aquí cada país tenga derecho a...”. Y su voz se difumina, embargada por la emoción.
“Existe una gran diferencia entre ‘tolerancia’ y ‘aceptación’”, señala Inye Durham, un afroamericano de Dallas (Texas) que ejerce de secretario del colegio. “Aquí vamos más allá de la aceptación, ya que celebramos la diversidad”.
Según Bill, el resultado se traduce en mucho más que un ambiente agradable: también se nota en la parte académica. “Si un niño se siente querido de verdad y ve que se valora su cultura, tendrá más confianza en sí mismo y avanzará más”, afirma.
“Yo lo veo con mi hijo, Amar”, interviene Sanela. “Es un niño seguro, abierto y con ganas de aprender cosas de los demás. Me dice ‘Mamá, la gente es como la pizza: diferentes ingredientes’. Pero también está muy orgulloso de ser bosnio y de llevar su traje tradicional el Día de las Naciones Unidas. Les traduce cosas al bosnio a los estudiantes bosnios recién llegados y, después de la clase, enseña inglés a varios niños. Le llena de orgullo poder aportar algo”.
La gente que recala en el colegio percibe enseguida que, pese a las diferencias, la mayoría de los niños tiene varias cosas en común: una confianza serena, una actitud abierta, curiosidad, una tendencia a reflexionar antes de responder preguntas y ningún miedo a que les digan que no tienen razón. Y eso se explica en parte porque todos son maestros además de estudiantes.
“En Estados Unidos, uno de los problemas del sistema educativo es que solo está pensado para enseñar”, apunta Isaac Baroi, asistente de clase y refugiado político con una larga trayectoria como periodista, escritor y activista en su Bangladesh natal. “Se trata de un proceso bidireccional. Estos niños son muy inteligentes y han pasado por muchas cosas. Necesitan un profesor que sepa escucharlos. Pueden ofrecer mucho”.

Según Bill, este intercambio de las experiencias entre los alumnos y el resto de la comunidad del colegio puede llevar al IB a una nueva dimensión. “Estoy en el IB desde 1972, cuatro años después de su fundación, y una de las cosas que más se nos ha reprochado es el carácter eurocéntrico de nuestro programa. Nuestro colegio podría convertirse en una auténtica referencia si logramos conectar el currículo de Georgia [exigido en todos los colegios públicos de Georgia] con lo que sucede en el mundo”.
“Si estudiamos la Guerra Civil de EE. UU., ¿cómo podemos conectarla con las guerras civiles del planeta?”. Esta es la pregunta que Bill formula en una reunión con profesores asistentes. “El IB no nos puede decir cómo hacerlo. Es algo que cada uno debe asumir de forma personal”.
Dicha voluntad de renovación del IB por parte del colegio se asienta, sin embargo, sobre los sólidos principios del programa, como el perfil de la comunidad de aprendizaje del IB. Estos principios recogen los valores del colegio, a la vez que fomentan el respeto por todas las culturas. El perfil es una de las razones que los alumnos aducen con más frecuencia y entusiasmo al explicar por qué les gusta el colegio.
“Cuando haces algo que está muy mal, vienen y te ayudan a aprender: esto es una cosa mala, no tienes que hacerlo; esto es una cosa buena, esto es lo que hay que hacer”, apunta Alex Kaseba, un alumno recién llegado del Congo.
El resultado es una visión contagiosa, casi utópica, y un ambiente agradable y familiar que atrae cada vez más y más gente al ICS. Los salarios son bajos o inexistentes y las instalaciones están al límite, pero nunca faltan alumnos, profesores, ideas ni voluntarios. Bill nos asegura que si cuentas toda la gente que participa en la comunidad del colegio cada semana, el ICS tiene más voluntarios y personal que alumnos.
Estos niños son muy inteligentes y han pasado por muchas cosas. Necesitan un profesor que sepa escucharlos.
Y son necesarios, porque no es extraño que tengan que insistir a los estudiantes para que se vayan a casa después de las clases o, en algunos casos, para que emprendan un nuevo camino lejos después de graduarse. “Llegar al final de esta etapa es duro para algunos”, asegura Alison Gay, que ayuda a los mayores. “Pero tienen nuestro número de móvil. Saben que nos tienen a su lado, porque esta gran familia sigue allí. Una alumna, una chica de Nigeria, se mudó a Boise (Idaho). Nadie la había invitado al baile de graduación, pero nos dijo que iría y la sorprendimos con un vestido”.
Estos gestos son habituales en el ICS. Hacia el final del último año, los estudiantes decidieron celebrar su graduación con un desfile de modas. Se dio total libertad a los estudiantes para vestirse como quisieron.
En el comedor, lleno de personal, padres y alumnos, no cabía ni un alfiler. Con cada alumno que recorría la “pasarela”, el público se deshacía en aplausos.
Uno de los invitados muy emocionado le dijo a Bill que nunca había sentido una sensación de calidez, orgullo y pertenencia igual. “Es tribal, ¿verdad?”, le preguntó.
Bill se detuvo un momento en medio del jolgorio de la celebración y le miró fijamente. “¡Sí!”, respondió. “Nadie lo había descrito con estas palabras, pero esto es lo que somos, sin duda alguna”.
Los estudiantes
Nombre Ahmed Alshlani
Origen Iraq
“Alguien quería matar a mi padre y, por eso, vinimos aquí”, cuenta Ahmed. “Mi padre solo tenía una forma de escaparse: escarbaba hoyos debajo de los árboles y se escondía allí. Una vez lo atraparon y estuvieron a punto de matarlo, y nos dijeron que podíamos venir a EE. UU. En el otro colegio [estadounidense] al que fui, mucha gente se burlaba de mí. Pero aquí, todo es normal. Lo pasamos bien. Los profesores se preocupan por nosotros. Estamos muy contentos”.
Nombre Amina Osman
Origen Somalia
Amina ha llegado hace poco a EE.UU. con sus padres. “No teníamos comida, ni una buena escuela ni agua. Teníamos que ir muy lejos a por comida”, asegura. “Aquí mis padres trabajan y tenemos comida”. Como muchos alumnos del ICS, Amina es políglota. Domina el swahili, el somalí y el kizigua, y lee el Corán en árabe. Ahora aprende inglés y francés: “Cada día, con mis padres, nos sentamos a practicar nuestras lenguas para no olvidarlas”.
El director
Bill Moon se reserva el trabajo administrativo para cuando los alumnos han abandonado el campus. De día, es el jefe omnipresente: el que escucha, el que explica historias, el que motiva al equipo y vela por el consenso. Nacido en California y con toda una vida dedicada a la enseñanza en colegios internacionales, ha llevado los programas del IB a seis colegios de tres países. Comparte con los demás profesionales del colegio la misma sensación: “No es perfecto. Podríamos hacerlo mejor. Pero es fantástico estar aquí con toda esta gente”.
Estados de las naciones: los gobiernos y el IB
El IB está trabajando mano a mano con gobiernos de todo el mundo para que sus programas se impartan en el sistema público.
Hacer participar a los gobiernos regionales y nacionales es una idea central del compromiso del IB con la diversidad y la inclusión. Andrew Bollington, director de la región África, Europa y Oriente Medio del IB, nos explica el porqué:
“Hubo un tiempo en que el IB estaba orientado principalmente a colegios privados, ya no es el caso. Ahora más del cincuenta por ciento de los Colegios del Mundo del IB, pertenecen al sistema público. Los gobiernos son cada vez más conscientes de que los sistemas educativos tienen que funcionar en una sociedad internacional. Y esto les lleva al IB. Hablamos con muchos gobiernos sobre la creación de más Colegios del Mundo del IB o bien sobre cómo influir en sus sistemas educativos. Después de todo, se puede llegar a más alumnos a través del sistema público que autorizando a colegios de uno en uno”.
“Estamos a favor de la diversidad y de una mentalidad global, pero también hemos de mantener un estándar internacional y constante. Tengo un correo-e de un colegio en el Líbano que está intentando convocar exámenes en medio de una guerra. Tenemos escuelas en China afectadas por el terremoto y otra en Myanmar por el ciclón. Otras sufren censura por parte del estado. El ideal es la inclusión educativa, pero vivimos en un mundo que no es así. Por eso nos queda aún mucho por hacer”.
Nueva Escocia, Canadá
Es una de las zonas más remotas y vírgenes de Norteamérica, aún así Nueva Escocia está colaborando con el IB. “El IB es el único programa realmente comprometido con valores tan importantes como la mentalidad internacional, el pensamiento crítico, la curiosidad intelectual, el servicio comunitario y la capacidad de liderazgo”, dice John Messenger, jefe de los programas del IB del Departamento de Educación de Nueva Escocia.
Doce colegios públicos y dos privados ofrecen el Programa del Diploma y se espera que el 10% de los graduados del año próximo sean estudiantes del IB. El departamento tiene como meta dar la opción a todos los jóvenes de unirse al programa del IB.
Ecuador
El presidente del país, Rafael Correa, está dando prioridad a la educación, al tiempo que busca impulsar la economía. Asegurar que más estudiantes accedan a los programas del IB es parte del proceso.
“Los requisitos académicos del IB son un desafío para nuestros colegios públicos y la educación se medirá de acuerdo a estándares internacionales”, dice Raúl Vallejo, ex-ministro de educación y actualmente asesor del gobierno en programas del IB. “Esto permite el desarrollo profesional del profesorado, el orgullo de pertenecer a esta organización y la posibilidad real de generar una masa crítica de estudiantes en el sistema educativo estatal que beneficiaría al país”.
Queensland, Australia
Queensland, el segundo estado más grande de Australia, conocido por su sol, sus costas y la ciudad de Brisbane (izquierda), se propone aumentar el número de graduados que aporta a las mejores universidades del país, así como su contribución a la economía australiana.
Tres Queensland Academies han abierto ya sus puertas, y se espera que el gobernador anuncie dos más como parte de una inversión de AUS45,8 millones hecha en 2003. Imparten el Programa del Diploma del IB a los alumnos más brillantes de los colegios públicos y cada una tiene un enfoque diferente, desde las ciencias hasta la industria creativa.
Camboya
Desde el régimen de los Jemeres Rojos a finales de los 70, durante el cual Camboya perdió a muchos de sus profesores y estudiantes universitarios en el genocidio, los colegios han padecido las consecuencias de un presupuesto educativo muy bajo y altos índices de abandono escolar. En 2003, el ministro de educación camboyano se propuso cambiar las cosas en colaboración con la región Asia-Pacífico del IB. Bajo el Proyecto de Formación de Profesorado de Camboya (CTTP, por sus siglas en inglés), los profesores del IB han trabajado con un instituto de formación camboyano y colegios para desarrollar un modelo de enseñanza que se pueda reproducir por todo el país. Los Colegios del Mundo del IB y algunas autoridades locales han recaudado fondos para mobiliario.
Desde su primera visita a Camboya hace dos años, Nick Mavrogordato, coordinador de CAS del IB, dice ser testigo de la transformación. Las cifras de asistencia escolar han mejorado.
La siguiente etapa, dice Nick, será que los profesores transmitan sus conocimientos a la próxima generación.

